¿Por qué un día decidí emprender la aventura de crear ARKASA?
Si os soy completamente sincera, no todo el mérito es mío. ARKASA nació de una bonita casualidad el día en qué el azar puso entre mis manos un pequeño zurrón, de piel, hecho a mano. Enseguida pensé: “¿qué secretos debe guardar esta pieza?”, y automáticamente se activó en mí aquella curiosidad que me impulsa a buscar y buscar hasta encontrar respuestas:

“¿De dónde procedía aquel zurrón?”
“¿De quién era?”
“¿Por qué estaba guardado en un armario de casa?”

Ahora, que conozco la historia, os diré que aparte de haber sido una gran inspiración para mí, este trocito de piel ha resultado tener un valor sentimental enorme para toda mi familia.

La historia nos lleva a finales de los años 20 del siglo pasado. Una época en qué la política del “hereu” en Cataluña (donar los bienes familiares al hijo mayor con el objetivo de evitar la división del patrimonio familiar) provocó, en algunos casos, la necesidad de emigrar para ganarse la vida. Mi familia así lo vivió y tuvo que despedirse de dos de mis bisabuelos por parte de madre, que partieron hacia tierras americanas con lo puesto, concretamente a Argentina.

Llegados a un nuevo país, sin nada, el impulso de la juventud y seguramente también el hambre les permitió encontrar trabajo enseguida. Se ganaban el sueldo ahora descargando en el puerto, ahora limpiando zapatos, o sirviendo aguardiente en mil y una tabernas de mala muerte. Pero sobrevivían y habían conseguido rehacer su vida, lejos de los suyos y de su tierra.

Años más tarde, uno de ellos conocería al propietario de una granja del norte de la provincia de Buenos Aires que buscaba gente para trabajar. Era necesario dejar la capital, pero lo haría a gusto viendo por primera vez un poco de estabilidad desde su llegada al país. A los pocos días ya estaba entrando y saliendo de las cuadras, alimentando al ganado y saliendo a pastorear los rebaños. Se reinventó durante muchas veces y tuvo que aprender muchos oficios durante su vida. Y a partir de detalles y otros documentos que hemos podido recuperar, nos consta que era muy bueno con las manos y que tenía una facilidad enorme para los trabajos manuales. Así era que, mientras trabajaba en la granja, aprovechaba ratos y noches solitarias en los prados para crear pequeños objetos utilizando todo lo que tenía a mano.

No sabemos en qué momento ideó este zurrón para poner el tabaco, pero mi curiosidad me ha ayudado a recuperar esta historia –que en el fondo es parte de la mía- e inspirarme para seguir su camino. A mí, como a él, me encanta trabajar con las manos y he encontrado en la piel el material idóneo, con el que me siento más a gusto, para crear. Como él.

¿Y por qué cuadernos, para empezar? Porqué he pensado que el bisabuelo, en aquellos momentos de soledad en la montaña, también habría agradecido tener uno para compartir sus inquietudes, que intuyo que eran muchas. Y porque creo que todos tenemos una historia como esta para explicar, para dejar el legado a nuestros hijos, nietos y porqué no, a nuestros futuros bisnietos.